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¿Pensar ya fue?

August 29, 2017

Somos un grupo diverso. Diverso en edades, gustos y formas. Y también en profesiones. Somos cineastas, informáticas, maestras, editoras, fotógrafas, psicólogas, y también científicas… Y de eso queremos hablarles: ¿qué está pasando con la ciencia en nuestro país? 

 

Parece ridículo que lxs científicxs tengamos que salir a las calles a explicar para qué sirve la ciencia. Sin embargo, hoy nos vemos obligadxs a hacerlo y a explicar por qué es importante una política científica nacional. Una de las principales características de la campaña electoral de Cambiemos y de su “Revolución de la Alegría” fue la mentira sistemática. Hacia fines del año 2015, en plena campaña, el actual presidente prometió aumentar al 1,5% el PBI destinado a ciencia y tecnología ya que se trataba de un área de interés que merecía continuidad respecto al gobierno anterior. De hecho, como garantía de esta continuidad, una vez en el poder le propuso al Sr. Lino Barañao conservar su cargo como Ministro de Ciencia. No obstante, desde que Macri asumió la presidencia de la Nación, la comunidad científica argentina no hizo más que tener dolores de cabeza. 

 

Lejos de fortalecer e incrementar el sistema de ciencia y técnica, la ley de presupuesto nacional impulsada por el Gobierno y aprobada por el Congreso en 2017 recortó en un 30% los fondos para la ciencia y la tecnología. Resulta paradójico que el mismo Barañao que en 2013 firmó y defendió el Plan 2020, cuyo objetivo fue alcanzar cinco investigadorxs por cada mil habitantes de la población económicamente activa, sea el mismo que hoy defiende los recortes. Se dio vuelta como una tortilla, podríamos decir. A finales del año pasado, tuvimos la mala noticia de que los ingresos a la carrera de Investigador Científico se redujeron dramáticamente respecto a años anteriores, dejando fuera del sistema a 500 investigadores que habían sido recomendados por el comité evaluador para su ingreso a Conicet. Luego de numerosos intentos de diálogo, ha habido muy pocos avances y mucha incertidumbre para estos jóvenes científicxs. Por otra parte, los resultados de las paritarias resultan insuficientes para compensar los efectos de la inflación y devaluación. Ni hablar de desactualización de los subsidios a proyectos de investigación o el desmantelamiento de ARSAT 3. 

 

Si de números se trata, en materia de ciencia, la “pesada herencia” es un Conicet que pasó de la posición 144 que ocupaba en 2009 a la posición 79 en 2014, quedando entre las 5 mil instituciones más importantes de Ciencia y Tecnología del mundo. La Argentina hoy se encuentra por encima de la media mundial en el impacto internacional de su producción científica. Además, la Universidad de Buenos Aires fue elegida por tercer año consecutivo como la mejor Universidad de Iberoamérica. Y esto no se lo debemos precisamente al actual gobierno.

 

Una de las razones que se esbozan para justificar el brutal recorte es que resulta “poco ético” dedicar la misma cantidad de dinero que antes a la ciencia en un contexto de pobreza generalizada. Como si la pobreza fuera una novedad en el país. Como si con este recorte a la ciencia se llegara a materializar otra de las mentiras de Cambiemos: la pobreza cero. Resulta paradójico castigar a los científicos -y en definitiva a la ciencia- cuando al mismo tiempo se quitan los impuestos a la exportación para la agricultura y la minería, tal vez las dos ramas de la economía más rentables del país. Por otra parte, la reducción del rol del estado, el aumento de la deuda externa y del desempleo no parecerían ser políticas muy proclives a la reducción de la pobreza.

 

Resulta paradójica la postura adoptada recientemente por el bloque de diputados del oficialismo a la hora de votar una ley que propone el incremento progresivo del PBI destinado a ciencia y tecnología hasta llegar un 3% en 2030. De 39 votos, hubo solo 9 en contra, todos del bloque de Cambiemos. Desde el gobierno, justificaron su postura manifestando que como representantes del pueblo no pueden decidir lo que van a querer lxs argentinxs en un futuro. O sea: ningún problema con endeudar al país mediante un préstamo a cien años, pero la cosa cambia cuando lo que se propone es apostar a la inversión en ciencia como motor del desarrollo del país a trece años.

 

Para completar el panorama de sinsentidos -si acaso nos faltaba la frutilla del postre-, el jefe de Gabinete de Ministros, Marcos Peña, postuló que “el pensamiento crítico ha hecho demasiado daño a nuestro país…”. El pensamiento, o es crítico o es dogmático. ¿Acaso el Sr. Peña quiere que seamos más dogmáticos? Parece que para quienes nos gobiernan deberíamos entonces pensar menos, aceptar con esperanza, ser optimistas. Se equivoca Marcos Peña. Porque no somos dogmáticos y vamos a salir a denunciar, vamos a reclamar cuantas veces creamos necesario. Con nuestra propia revolución de la alegría: una revolución popular, crítica y real. No dogmática, no marketinera. Porque queremos un país mejor y eso no es posible sin pensamiento crítico.

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