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Viajar sola

December 21, 2017

El 6 de septiembre de 2016 tomé un avión desde Buenos Aires hasta Río de Janeiro. A más de un año, continúo en Brasil, en un pueblo cerca de Manaos, Amazonas. Durante este tiempo, hice y hago cosas que nunca había hecho: fui vendedora ambulante, vendí zapatos, trabajé en la puerta de un boliche, fui camarera, fui personal de limpieza, canté en los ómnibus, en terminales, en restaurantes, en plazas, pedí comida, hice dedo, dormí en la calle... Para todas y cada una de estas cosas necesité coraje, un sentimiento que vale la pena dejar fluir. El coraje es fuerza pura para hacer frente a los miedos e inseguridades. 

Viajar es una experiencia intensa, implica sentimientos a flor de piel permanentemente. Te arma y te desarma, construye, destruye y reconstruye a la vez. 

Cada lugar representa un giro a la rutina y nuevos seres que te enseñan algo del mundo y de vos misma. Lejos de ser unas vacaciones prolongadas, viajar pone a prueba, enfrenta con las limitaciones y exige crecimiento. Quizá piensen que la vida también pone a prueba a personas que no están viajando. Y sí, al fin y al cabo, viajar es simplemente vivir. Pero con más tiempo para reflexionar sin presiones y para reinventarse, ya que nadie te conoce. Potencia los sentimientos, como la felicidad de salirse del pedacito de suelo rutinario.

¿Qué pasa cuando el viaje se extiende en el tiempo? Crece la felicidad, la emoción, la sorpresa, la gratitud; y también se potencian otros sentimientos necesarios para crecer como la tristeza, la soledad, la inseguridad, la angustia, el miedo. Estos últimos se vuelven  intensos cuando hay lejanía de los lazos construidos durante la mayor parte de la vida. Se siente la falta de esas personas fundamentales: familia, amigxs, compañerxs... Por eso, al viajar se crean vínculos fuertes y abiertos con gran rapidez. En dos días, una persona puede convertirse en un gran amigx y, en un mes, es probable que la llames hermanx. 

 

Además, soy una mujer que viaja. El comentario recurrente es que para las mujeres viajeras todo es más fácil: la gente compra lo que vendemos, podemos regatear los precios, conseguir alojamiento, comida y bebida gratis, recibimos ayuda… En cierto punto, algunas personas se sensibilizan más con la historia de una mujer que viaja sola (o dos o más mujeres que viajan solas pero juntas) que con la de un varón o varios que estén viajando. Tiene que ver con varias factores: la idea del "sexo débil", la certeza de que el mundo es más peligroso para una mujer y, por último, el hecho de que la mujer no representaría una amenaza para otrxs. 

Viajando conocí la magia del mundo: personas que se acercaron a ayudar y compartir. No obstante, por ser mujer, día a día enfrenté situaciones de extrema injusticia y desigualdad. Tuve que pedir que no me toquen (a hombres que haciéndose los simpáticos te hablan y, mientras, te tocan la cintura, los brazos, etc), me insultaron por pedir que no me toquen ("si no te toqué la concha no es estupro" o "no podés venir a un país ajeno con esas manías"), soporté a hombres -ebrios y sobrios- diciendo cosas de un modo intimidante, y hasta algunos amigos tuvieron que hacerse pasar por parejas… Sentí miedo de manera potenciada, porque si para la justicia de tu país no valés, para la justicia de un país ajeno ni imaginarlo… El machismo nos desiguala, dejando una parte cruel para nosotras, porque nuestra vida está en peligro, tanto en la propia casa como en cualquier parte del mundo, haciendo dedo o viajando en ómnibus, durmiendo en la calle o en un hostel. No solo el miedo se potenció, también el coraje y es una gran herramienta de combate.

 

El mundo no es fácil para ninguna, pero no por eso nos vamos a quedar encerradas en nuestras casas. Eso lo aprendimos y lo seguimos aprendiendo. Nuestra venganza es ser felices y libres.

 

Una de las cosas más maravillosas de viajar es el sentimiento de sororidad viajera, esa hermandad entre mujeres que están viajando. Porque sabemos exactamente el lugar de la otra. A lo largo de este año, conté mi historia a muchas y escuché historias de mujeres increíbles que viajan solas o acompañadas, que están de vacaciones, que viven en el lugar que estoy visitando... Junto a ellas, atravesé miedos, me cuidaron y las cuidé. Les debo felicidad, les agradezco su presencia, porque gracias a ellas extrañé menos a mis hermanas y amigas, me sentí en familia y reafirmé la idea de que las mujeres somos fuertes, sabias, sensibles, solidarias... Cada una con un color, una lengua, una tonada, una historia, pero con algo en común: el rechazo a la idea de que necesitamos viajar en compañía de un varón para estar seguras. O que tenemos que quedarnos en nuestras casas porque viajar pone en peligro nuestra vida. No es viajar, señores y señoras, es el PATRIARCADO quien pone en peligro nuestras vidas. 

 

 

 

 

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